Tomado del libro Dignos de una historia ( link a la dirección del libro)
A mis entrañables amigos atemporales
EL REGRESO
Había regresado desde Buenos
Aires, la capital del tango y el fútbol, a Santo Domingo, la capital del
comercio de ganado y lugar de residencia de mi familia. El semestre de mis
estudios de geografía terminó, y regresé para las vacaciones largas. Allá en la
Universidad de Buenos Aires (UBA) pasé 2 años, aplastado por los textos de
antropología, sociología, economía, geografía política, geografía urbana y otras
materias que el tiempo me permitía cursar, como la cátedra libre de marxismo, la
cual se complementaba con la asistencia a la Asamblea de Estudiantes de la Facultad
de Filosofía y Letras, y también con las marchas por la educación del 2005. Además
de la ‘Facu’, el tango, el rap, el cine, la bicicleta, la migración, la
discriminación y el fútbol, tenía a mis hermanos y a mis lindos amigos para sonreír
en los bonaerenses barrios de San Telmo y Caballito. Habían sido 2 años
intensos en lecturas, pero lejanos de mi pueblito y mi gente, sobre quienes
pensaba a menudo, como todo migrante, siempre soñando en verlo mejor.
Volví en bus, como había
planificado, y no en un aburrido y cómodo avión. En el recorrido pasé por la
tierra que perteneció al pueblo Quilmes, una de las tantas poblaciones
indígenas que desapareció por el abuso del Gobierno colonial y luego del estatal.
Estuve en Potosí para conocer la montaña con minas de plata que acabaron con la
vida de más de 9 millones de personas, como narra Eduardo Galeano en su libro Las venas abiertas de América Latina. Mojé
mi cuerpo en la heladas aguas del Lago Titicaca, me refugié del frío en la
Catedral de Cuzco, pase muy rápido por Lima, sellé la entrada a mi querido
Ecuador en Macará (desde donde me fui a Guayaquil), para finalmente ‘aterrizar’
en la tierra del viejo Bombolí. El viaje, que duró un poco más de 3 semanas, me
permitió tener una idea de nosotros, los sudamericanos andinos, y me alimentó
de energía para hacer algo en Santo Domingo.
MI
ENCUENTRO CON LOS TSACHILAS
Saciada la sed de amor
hogareño y pasadas las navidades, junto a 2 amigos ecuatorianos que también
estudiaban en Buenos Aires (Jerónimo Zúñiga, estudiante de cine, y Santiago
Burgos, estudiante de arte), nos trasladamos a vivir por un par de semanas al territorio
tsa’chila. La experiencia fue enriquecedora; me permitió saber que hay 7
comunas, cada una con su Gobierno, escuela y, por lo general, con uno o más ríos
contaminados. Conocimos entre otras cosas cómo suena su idioma, cómo son sus
casas hoy, cómo y en qué trabajan, y sobre todo, notamos el esfuerzo por
mantener eso llamado cultura.
Al inicio pernoctamos donde
el exgobernador Nicanor Calazacón. Ahí nos sorprendimos de no ser los únicos,
ya que a donde él llegan personas de la Sierra, Costa y Oriente. Arriban donde
él porque es un reconocido Poné o
sabio en medicina ancestral. En general, los tsa’chilas han sido desde siempre
reconocidos por su sabiduría en el uso de las plantas medicinales. De la comuna
Chigüilpe fuimos a la comuna Otongo, luego al Poste, a Peripa y al Búa. No
logramos ir a Naranjos ni a Congoma, pero nos llevamos una amplia visión de ese
grupo humano cuya lengua materna es el tsa´fiqui y se autodenomina nacionalidad
Tsa’chila
EL
PUPUSÁ
El inicio del año seguí viviendo
con esa alegría que dan las vacaciones y el calor santodomingueño. Antes de mi
regreso tenía la tarea de armar un libro sobre el cantón; mi padre ya había
publicado uno, pero de eso ya habían pasado unos años y era hora de que sea
actualizado en cifras y perspectivas. Para eso tuve que leer la Nueva Historia del Ecuador, editada por
Enrique Ayala Mora, una maravilla colección de trabajos sobre nuestro país. Revisé
los textos de Fernando López y de Patricio Velarde, los Planes de Desarrollo
Cantonal. En definitiva revisé y resumí todo cuanto existía sobre Santo Domingo.
Había que ir rápido, las vacaciones se acercaban al final y debía quedar lista
la propuesta. La oficina de mi padre funciona en ‘la esquina de los Víctor’. Así
la llamábamos por Víctor Chinachi,
maestro peluquero; Víctor Ramos, periodista; Víctor Hugo Arteaga, abogado;
Victor Abad, ingeniero ambientalista, y Víctor Torres, arquitecto. Los 5 estaban en el sector del Pupusa, entre la
calle Ibarra y el pasaje Calazacón. Para ser más exactos, nuestra oficina está
en el Edificio Riera, segundo piso, desde el cual se tiene una vista panorámica
de esa parte de la ciudad. Hacía poco que el estimado alcalde Kléver Pazmiño
había decidido retacear un espacio público y ‘rifarlo’ a los comerciantes
minoristas, con lo cual desapareció un espacio que fue un ícono de este sector
de la ciudad por muchos años. Me refiero a las canchas de vóley conocidas como
El Pupusa. Allí, cada tarde, cientos de personas se daban cita para que, en
medio de las ‘voladas’, dichos y colocadas de los jugadores, se termine el día.
Creo que esa fue la estocada final que asesinó de una vez por todas con la
familiaridad de pueblo que se vivía en el centro de la ciudad.
RADIO
FLAMA
Federico Pérez Intriago
quiso tantear el terreno político, por lo que decidió adquirir una estación de
radio en nuestra ciudad. Se supo que Patricia Rojas tenía en venta la recordada
PTC, de manera que con la asesoría del ‘Arqui’ Torres, muy pronto se cerró el
negocio.
Que mi padre estuviera al
frente de una radio daba un toque interesante a aquellos días; había que estar
pendiente de lo que pasaba en ella, escuchándola mucho, para que por ejemplo no
salga del aire. Daba gusto oír el noticiero de la mañana con Miguel Mena Villagómez
y Marianella Sánchez.
La voz ronca y cabreada
que ponía a veces Mena hacía imaginarse a un boxeador de peso pesado y tener
piedad del entrevistado, aunque sus entrevistas casi siempre terminaban con una
sonora carcajada. Pasaba que en el pueblo, de una u otra manera, todos nos conocíamos,
y la idea no era rematar a la persona sino dialogar, ¿para eso es la radio, no?
“Duro con los problemas, suave con la gente”, es uno de los dichos que me
agradan del ‘Arqui’ Torres y que, de alguna manera, marcaron la administración
de la radio.
EL QUE
MUCHO SE DESPIDE
Los amigos y la cálida noche
de Santo Domingo eran motivo suficiente para andar y desandar sus calles. Entre
el bar del ‘Pato’ Mosquera en la Pallatanga, y el Van Gogh (que había sido
recientemente inaugurado en el Anillo Vial), encontré nuevos amigos. Allí nos
reuníamos con Chiara, María y después Elisa, voluntarias italianas en un
proyecto de apoyo y rescate a los niños de la calle. También encontré a David,
un geógrafo que en ese tiempo andaba algo perdido de la geografía. Ellos, junto
con los viejos amigos, generaban el ambiente perfecto para soñar en un Santo
Domingo mejor.
Así, entre gente
entrañable y con tantas ideas en la cabeza, los días pasaron rápido y en
consecuencia llegaba la fecha del regreso a las aulas, lo que me provocaba una
sensación encontrada de tristeza y alegría. No todo es como uno quiere. Cuando me
había despedido de todos los amigos, sucedió lo inesperado. Luego de una
reunión familiar donde hablamos sobre los pros y contras de estudiar lejos, mi
hermano Paúl dijo que él prefería quedarse. Ese hecho lo utilizó mi padre para
poner su condición: o todos o nadie. Yo sabía que pesaba el tema económico y
entendí que una familia como la mía no podía soportar el incremento de gastos
que se presentaba. Se decidió que Quito es la opción de estudio para los tres
hermanos universitarios. Mis estudios en la capital debían esperar un tiempo hasta
que logre empatarme, por lo que tenía espacio para nuevas ocurrencias. Si
tocaba quedarse había que hacer que valga la pena, pensé. Con esta decisión, la
esquina de los ‘Víctor’ recibía un nuevo socio.
TSACHILA
PALAKENAE
Aprovechando la
posibilidad de tener acceso a la radio, emprendí el proyecto de hacer un
programa que incorpore una visión intercultural, donde se hable tsa’fiqui y castellano;
donde se hable de lo local pero sobre todo de los tsa’chilas, sus historias,
noticias, problemas y por supuesto de cosas positivas. Una vez conversada la
idea con Héctor Aguavil, en ese entonces gobernador tsa’chila, se inició la tarea
de capacitar a un grupo de jóvenes tsa’chilas. Hacer radio no es sólo poner
música, sino también hablar de cosas importantes. Eso que parece fácil suele
ser complejo de lograr porque requiere preparación. Marianella sacó a relucir
su calidad humana y su creatividad, así que tomó a su cargo la capacitación del
grupo. 3 meses más tarde estábamos al aire con el programa semanal Tsa’chila
Palakenae. El programa duró casi un año al aire y dijo mucho en su propia voz. Considero
que las jornadas de reflexión emprendidas con los jóvenes tsa’chila fueron un
importante aporte a la recuperación de su seguridad tanto individual como
colectiva, aparte de que se dejó la semilla del gusto por la radio en algunos
jóvenes, algunos de los cuales son parte de la radio que tiene la nacionalidad,
gracias a un proyecto del gobierno del ‘Mashi’ Correa.
UN
PLANO, UN CAFÉ, UN PARO
La oficina del Arq.
Torres ha sido sede permanente de interesantes discusiones sobre todo de
política local. Sin duda, allí llegan más políticos a conversar que clientes en
busca de un plano. Recuerdo una ocasión, varios años antes de 2006, que se
reunieron distintos partidos políticos con el fin de lograr una candidatura
única a la alcaldía, que lleve el compromiso de cumplir con un programa de
trabajo formulado en equipo. Gran idea, pero debido a los intereses propios de
los políticos, fracasó.
En ese año, el tema de la
provincialización volvió a agrupar a viejos conocidos; los impulsores de este
nuevo proceso de provincialización usaban la oficina como la sede donde, entre
café y café, se cocinaban los pasos a seguir para darle continuidad a una idea
que acababa de cumplir 40 años desde su propuesta inicial. Líder Olaya,
El momento fue propicio
ya que el sentir nacional era de cansancio ante la politiquería que cobró
varios presidentes en menos de 8 años y, además, se acercaban las elecciones
para presidente y diputados. Es en el momento de elecciones cuando los
políticos salen de donde quiera que se encuentren para asomarse por los medios
de comunicación; allí se reúnen con la gente y uno puede preguntarles —cuando
uno deja de aplaudir y empieza a pensar— por propuestas pendientes para el
futuro. Tal era el caso de la provincialización de Santo Domingo, un tema
viejo, pero siempre vigente en este territorio, un tema al que los políticos de
Quito le tenían miedo porque simplemente no sufrían el centralismo estatal y
por tanto no lo entendían. Para ellos, depender de Quito debía ser motivo de
orgullo, como si atravesar la Cordillera para visitar uno de los despachos de
la Prefectura o el Ministerio de Educación fuera la idea de un lunes soñado.
Este grupo supo leer bien
lo local y lo nacional. Siempre he pensado si Federico Pérez estaba consciente
de la poderosa herramienta que nos había dado. Aprovechando la radio se logró
posicionar nuevamente el tema de la provincialización, se sustentaron los
motivos por los cuales debíamos ser provincia, los logros a obtener, pero sobre
todo fue importante la socialización a nivel cantonal desde los distintos
medios de comunicación local. Las radios jugaron un rol importante, el
compromiso con el tema provincialización llegó al punto de tener, en varias
ocasiones, una transmisión radial compartida. Hicimos jornadas de presentación
del proyecto en colegios y universidades; realizamos propaganda radial y
televisiva; durante largas horas al aire se analizó el tema. Gracias a todo esto
se logró fortalecer el sentimiento de identidad hacia esta tierra, un
sentimiento que estaba ahí pero no era muy claro y requería ser puesto a la
vista. Mostrar la aceptación del tema era necesario para presionar incluso al
Gobierno Municipal, el cual temía realizar la consulta popular, primera
estrategia planteada para alcanzar la provincialización.
A ratos el Gobierno
Municipal también dudó, como cuándo se decidió organizar el paro cantonal para
exigir al Tribunal Supremo Electoral que cumpla los plazos para dar lugar a la
consulta popular. Allí jugó un rol importante Fernando Espín, a la sazón vicealcalde
del cantón. La estrategia estaba funcionando y una vez iniciado el proceso no
fue posible detenerlo.
Fue lindo trabajar con
jóvenes que se incorporaron a la tarea, como Mauro Tapia, Luis Reyes, Edison
Cordero y tantos amigos que encontraron en la provincia una causa que los
motivaba sobremanera. Cuando se ganó la consulta popular, me alegré de no haber
regresado a tomar yerba mate en Buenos Aires. Recuerdo de la llamada de un
argentino, que desde allá me preguntaba a qué estoy dedicado: “Che, estoy
haciendo una provincia”, le contesté.
NOS
VEMOS MAÑANA
A más de las reuniones de
provincialización, los talleres, los programas de radio y la preparación del
libro, por esas casualidades de la vida ese año pude conocer a un grupo de
personas sumamente interesantes. Una tarde, una simpática voluntaria italiana con
la que intentaba dármelas de galán, me presentó a sus vecinos y me encargó
entretenerlos mientras ella se desocupaba. Se trataba de los miembros de la
Asociación de No Videntes Luz y Sombra. Su sede estaba en la Av. Quevedo, en
las aulas que tenía el Sindicato de Choferes junto a su gasolinera. Todo en ese
salón llamaba mi atención —si es que eso es posible decir—: el lugar, la
oscuridad, el amontonamiento, la falta de ventanas y, sobre todo, la
personalidad de esas personas que, pese a su falta de visión y a su condición
de pobreza material, irradiaban amabilidad y ganas de vivir, factores que
realmente conmovieron mi espíritu.
Conocer la problemática
de las discapacidades es algo que todos los políticos deberían intentar en
algún momento para entender la importancia de eso llamado ‘población de
atención prioritaria’. Después de conocer
sus ideas, sus problemas, sus aspiraciones, sus proyectos y sus vidas, uno
queda estupefacto, lo que obliga a pasar de la teoría a la acción. Terminada
una jornada de trabajo con ellos, me despedí a gritos: ¡Nos vemos mañana!
“Por mi parte, no creo
que pueda”, me dijo uno de ellos, refiriéndose a su ceguera. Así son ellos,
sobrellevan con alegría su situación. A mí personalmente me sacan una sonrisa
pero, más que eso, me obligan a pensar en serio en cómo ayudar. ¿Por dónde
empezar, cuando hay tantas cosas por hacer? Jodida pregunta. Pero, como dice el
Arq. Torres: “los problemas llegan cuando uno está en capacidad de resolverlos”.
Tocó soñar junto a ellos en una idea que daba inicio a esta relación de
voluntariado inicialmente mía, y posteriormente ‘heredada’ a otros amigos y
familiares. Aquí otra vez la radio me permitió aportar en algo con este grupo. Organizamos
con los amigos y el personal de la radio una serie de cuñas basadas en hechos
cotidianos de sus vidas, que transmitían un mensaje de ‘visualización’ de la
problemática de los no videntes. Ese fue un granito de arena. Hicimos una
presentación artística con el auspicio del Gobierno de la Provincia, que resultó
en todo un suceso.
Sin embargo, la obra
seguía enterita. Al notar que la organización social de este grupo requería de
un fuerte apoyo que se escapaba de mis posibilidades diarias, tuve que buscar refuerzos.
Como caída del cielo llegó Megan, pero no es la del 30-S, sino Megan Munroe,
una voluntaria del Peace Corps que en
ese año vino a Santo Domingo y que, gracias a varias circunstancias terrenales
y supraterrenales, logramos que se vincule al trabajo con ellos por alrededor
de 2 años, en los cuales —entre otras de las actividades realizadas—, se buscó
una nueva sede para la Escuela de No Videntes. En esta escuela se puede
aprender movilidad, destrezas básicas, matemáticas, computación y a escribir y
leer en braille. Ante tan significativo aporte es increíble pensar que la
donación de un terreno —por parte del Municipio de Santo Domingo— para
construir la sede de la escuela tardó desde el 2006 hasta el 2012, aunque en
realidad no estoy seguro si en verdad se logró. Lo que sí estoy seguro es que
aún no hay una escuela para no videntes con sede propia y que, a falta de ese
terreno, se perdió la donación de recursos norteamericanos para su construcción.
¿Cuántos ciegos hay en el cantón? ¿En la provincia? ¿Bajo qué circunstancias
viven? ¿Qué tan cerca del ‘Buen Vivir’
están ellos? ¿Qué tan cerca estamos nosotros de ellos, de nuestros otros
santodomingueños? Recuerden estas palabras: ‘grupos de atención prioritaria’.
Conocer esta realidad fue otra experiencia que hizo que valga la pena haber
vivido ese 2006 en Santo Domingo.
LA
GEOGRAFIA ES DESTINO
Recuerdo una tarde soleada
en la oficina del Pupusa; estábamos, entre otros, con Galo Luzuriaga, hablando
de Santo Domingo y los años recientes de la colonización. Narraba con su
fortaleza característica de alguna vez en que debieron mostrarse fuertes incluso
ante los militares, con el fin de proteger la vida y las nuevas tierras ganadas
a la selva. En esa época que la ley podía sentirse lejana y se despertaba la
idea de un nuevo destino para esta geografía. Creo haberle escuchado decir
“porque la geografía es destino, esta rica geografía tiene como destino el ser
provincia”. Imagino que don Galo, entre sus lecturas y conversaciones alguna
vez conoció esa frase de Napoleón I. Esa frase que encerró una visión del mundo
de una época en la que se pensaba que no se podía cambiar una realidad debido a
su topografía, es usada por don Galo para decir lo contrario. Esta rica
geografía tiene por destino encaminarse, en este caso políticamente, hacia una
jerarquía superior que le permita a su vez asistir a una transformación de la sociedad.
Santo Domingo es distinto hoy al aquí recordado año 2006; igual de distinto e
intenso al de los años del Consorcio de Cooperativas de don Galo. Recordar el
año 2006 sólo nos sirve si pensamos en el futuro: ¿Qué pasará con los tsa’chilas?
¿Seguirán con ríos contaminados? ¿Con menos gente hablando tsa’fiqui? ¿Seguirán
siendo sabios en medicina ancestral? ¿Qué
pasará con el Gobierno local? ¿Logrará reducir el tiempo de respuesta a los
pedidos de los ciudadanos? ¿Lograremos construir el mundo del ‘Buen Vivir’ y
del hombre nuevo sobre esta geografía? Yo solo sé que el destino se hace mejor
con sabiduría y sudor y que deben ser sus habitantes quienes trabajen hacia ese
horizonte de mejores días. Hoy sigo lejos y no sé si por eso o por necio es que
continuo soñando con días mejores para mi Santo Domingo.
Tomado del libro Dignos de una historia
Por: Víctor Torres López
2014
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